Querido lector…

Conviene reconocer que el éxito de Los Bridgerton no se explica únicamente por sus mágicos vestidos ni por la estética deslumbrante de sus salones, sino también por cómo reinventa y trae al presente temas clásicos del drama romántico ambientado en la alta sociedad de la Regencia británica. La serie describe con ironía el mercadeo matrimonial que rodeaba el Londres de esa época, donde encontrar un buen matrimonio y mantener la reputación social eran prioridades constantes.

La producción ha logrado convertir la intimidad en un territorio de conversación pública sin perder el misterio que la envuelve entre bailes de sociedad, promesas y confesiones. La historia nos invita a observar cómo el poder, el deseo y la vulnerabilidad conviven bajo las normas de una sociedad que aparenta controlarlo todo: un enfoque que también señala tensiones en los roles de género y en las expectativas sociales.

Bajo la elegancia de la época se despliegan emociones universales que atraviesan generaciones: desde el anhelo hasta la inseguridad, desde la pasión hasta el desconcierto. Lo fascinante no es solo lo que se muestra, sino lo que se insinúa. En un mundo regido por apariencias, donde cada gesto puede tener consecuencias sociales, el deseo encuentra su propio lenguaje.

Porque, aunque nuestra sociedad actual ha evolucionado, muchas mujeres se sienten reconocidas en algún momento de estas historias. Tal vez por eso conviene preguntarse: ¿qué huella ha dejado ese pasado?

Lady Violet

La vizcondesa viuda Bridgerton, madre de ocho hijos, es una mujer que representa la emocionalidad y la guía de su familia, una figura que prácticamente se ha desvivido por los demás antes que por sí misma. A la vez, representa algo que apenas se percibe y que muchas mujeres en la actualidad viven: el constante aplazamiento de sus propias necesidades.

Tal y como se sugiere en la serie, Violet confiesa a lo largo de varios arcos narrativos que, tras media vida dedicada a su esposo y a sus hijos, siente deseos y anhelos que creía ya fuera de lugar con la edad: un «jardín en flor», como ella lo describe con suma delicadeza. Una mujer madura que, después de cumplir todos los roles que se esperaban de ella, se permite reconocer que su cuerpo sigue vivo, que sigue deseando y sintiendo necesidades. Y esa escena resulta reveladora.

Porque, ¿cuántas mujeres hoy viven exactamente así?

Madres que son el único sostén de una familia, que planifican horarios y cenas. Tías, compañeras, mujeres impecables que sostienen estructuras enteras. Abuelas que han dedicado décadas al cuidado de otros. Mujeres que han aprendido a complacer antes que a sentir y escucharse a sí mismas.

Al igual que Lady Violet, durante años el deseo no desaparece: se pospone. Se esconde detrás de la rutina; se diluye entre responsabilidades. Y cuando reaparece, muchas veces lo hace acompañado de culpa: ¿No es ya tarde para pensar en eso? ¿No debería estar en otra etapa? ¿No es egoísta querer volver a sentirse protagonista? O, simplemente, por el estrés en el que conviven, ni siquiera son capaces de saber qué necesitan o se conforman con migajas.

La escena de Violet no habla solo del deseo en edad madura; habla de legitimidad para reconocerse como sujeto de sus propias emociones.

Y es que, durante generaciones, muchas mujeres no fueron educadas para preguntarse qué sienten, sino para preguntarse qué necesitaban los demás: primero el esposo; luego los hijos; después el trabajo, los padres, la casa, la estabilidad emocional de todos. El placer y el descanso quedaron relegados a un segundo plano.

En muchas relaciones, todavía hoy, la intimidad se convierte en rutina, en cumplimiento, en algo que se hace porque toca, no porque se siente.

Lady Agatha Danbury

Cuando hablamos de complacer, es inevitable pensar en cómo la serie retrata ese entorno social con Lady Danbury. Encuentros conyugales que no estaban marcados por el deseo, sino por el deber. Ella sabía exactamente cuándo sonreír, cuándo responder, cuándo aparentar. Su cuerpo participaba; su placer no era relevante. Cumplía, porque así funcionaba el mundo.

Y, sin embargo, ¿cuántas mujeres hoy siguen viviendo algo parecido, aunque en un contexto moderno? No forzadas por matrimonios concertados, pero sí atrapadas en dinámicas donde el foco está en satisfacer, en mantener la armonía y en no generar conflicto. Donde el «estar bien» pesa más que el «sentir de verdad». Se aprende pronto a leer al otro, a anticiparse, a no incomodar, a fingir.

Y cuando durante años la prioridad es que el otro disfrute, el propio cuerpo deja de ser territorio propio y pasa a ser escenario.

Lo inquietante no es que eso ocurriera en la Inglaterra de la Regencia. Lo inquietante es que, en pleno 2026, muchas mujeres aún confiesen en privado que no siempre saben qué les gusta, qué necesitan o cómo pedirlo.

Cuando hablamos de complacer, es inevitable pensar en el caso de las relaciones que retrata la ficción. En esta versión estilizada de la Regencia, algunos personajes experimentan hechos íntimos con poco conocimiento previo y sin educación sexual formal —lo cual también ha sido señalado como un recurso narrativo de la serie—, lo que destaca el contraste entre una sociedad que no ofrece herramientas para entender el deseo y las demandas emocionales contemporáneas.

Podríamos pensar que aquello pertenece a otro siglo. Y, sin embargo, ¿cuántas mujeres hoy siguen viviendo algo parecido, aunque en un contexto moderno? No forzadas por matrimonios concertados, pero sí atrapadas en dinámicas donde el foco está en satisfacer, mantener la armonía y no generar conflicto, donde el «estar bien» pesa más que el «sentir de verdad»?

Se aprende pronto a leer al otro, a anticiparse, a no incomodar, a fingir. Y cuando durante años la prioridad es que el otro disfrute, el propio cuerpo deja de ser territorio propio y pasa a ser escenario.

Lo inquietante no es que eso ocurriera en la Inglaterra de la Regencia, como se retrata en la serie —cuyos detalles históricos son a menudo estilizados o anacrónicos—, sino que, en pleno 2026, muchas mujeres aún confiesen en privado que no siempre saben qué les gusta, qué necesitan o cómo pedirlo.

Francesca Bridgerton

Desde el punto de vista de esta joven podemos ver otra de las realidades que hoy existen: la falta de autoconocimiento. Sin saber llegar a, como dice ella, «el clímax».

El autoconocimiento empieza por algo mucho más sencillo de lo que parece: preguntarse sin juicio.

¿Me gusta esto?
¿Estoy cómoda?
¿Estoy presente o estoy cumpliendo?
¿Estoy sintiendo o estoy respondiendo?

Porque muchas mujeres no saben con claridad qué les gusta. Porque nunca fue prioritario explorarlo o, simplemente, porque aprendieron antes a adaptarse que a escucharse.

Y cuando por fin se animan a explorarse, o a explorar junto a su pareja, no se atreven tan siquiera a verbalizarlo.

Por vergüenza.
Por incomodidad ante la conversación.
Por miedo a herir.
Por esa vieja idea instalada de que, si pido algo distinto, tal vez signifique «no me gustas» o «no eres suficiente».

Así, el silencio protege el ego del otro, pero desconecta el cuerpo propio.

Recuperar el cuerpo no es un acto revolucionario. Es un acto íntimo.

Es permitirse reconocer lo que se siente.
Y también lo que no.

No es exigir.
Es aprender a nombrar.

Porque el placer no debería vivirse en silencio ni en duda, sino en conciencia.

Desde la filosofía del Centro Belisa se insiste precisamente en esa idea: reconectar con uno mismo, con el propio placer como un arte —tan olvidado— de habitar el cuerpo con conciencia. No como un acto superficial, sino como un proceso de escucha y presencia.

Y eso empieza por una pregunta honesta, hacia una misma, antes que hacia nadie más.

Porque muchas veces no se trata de aprender algo nuevo, sino de desaprender la idea de que el deseo propio es secundario.

Francesca no representa torpeza ni frialdad.
Representa la consecuencia de una educación incompleta.

Y esa ausencia, hoy, todavía existe.

💌

Como Violet demuestra, el deseo no desaparece con los años. Como Francesca evidencia, la falta de información no es falta de capacidad. Y como Danbury nos recuerda, sobrevivir no es lo mismo que disfrutar.

La diferencia está en el permiso.

Permitirse explorar sin expectativa.

Permitirse decir que no.

Permitirse ser protagonista, no acompañante.

Y tal vez ahí esté el verdadero avance.: no en hablar más de placer, sino en vivirlo con conciencia y realidad.

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