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Simpatía por el demonio. Durante la historia de las películas y series nos ha sido casi imposible evitar terminar queriendo a personajes que no siempre han sido abanderados de las buenas acciones. Hombres que siempre tienen lugar para un momento de redención. Hombres tan convencidos de que su labor es indispensable, tanto como la de aquellos que hacen el bien.

Dexter Morgan un forense hematólogo, ha dedicado su vida a al sangre. Analizando los patrones de las evidencias de sangre en la escena de crimen, Dex siente que aquellas frías paredes lo comprenden más que la gente que lo rodea. Un hombre que supera el resto por su inteligencia, percepción, capacidad y habilidad, se permite ser un observador pasivo de la vida, como si para el todo fuera simplemente un cuento.

Nuestro querido forense ha logrado la combinación perfecta entre un asesino y un santo. Dando justicia a aquellos que la ley no puede culpar, Dex toma el traje del “justiciero anónimo” canalizando su necesidad de muerte. Desde pequeño un instinto asesino latente a perseguido sus pensamientos, contando con la ayuda de su padrastro, un astuto policía, a logrado usar su maldición para luchar por el bien común.

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Dar vida y dar muerte es una tarea que Dexter logra conciliar con su fingida vida. Lo más difícil para un asesino de su calibre, es mantener las miradas alejadas y simular que es tan o más normal que el resto de las personas que lo rodean. Una vida ficticia con afectos reales, ya que su hermana es el cable a tierra que logra mantenerlo conectado con la realidad, una realidad que a veces es tan dura como el infierno.

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Categoría Dexter, Reflexiones, Series

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